Gregory Jarquin
Fue una mañana de sombras sin reflejo,
donde perdí la mirada, sin esfuerzos
de perfil logré ver un cabello rojo,
mientras se apareaban el aire y el granizo.
Mi camino guiaba mi mente hacia Esmirna,
mientras mi corazón quería quedarse en Marsella.
Y me topé con el rey que cuidaba valerosamente sus minas,
mientras del faraón bajaba Dantes con unas gardenias bastante bellas.
Caminé aún más hacia el mar al llegar al Partenón,
divise a Silvestre mientras conversaba con los Mayas,
le dije buenos días a William, mientras en un teatro tiraba del telón
del Edén, los bárbaros traían el agua como pesadas y bellas joyas.
Quedé loco a causa de un ciclón
y me convertí en prisionero de una canción,
de la Vega me demostraba su destreza
protestaba frente al palacio de gobierno.
Mis ojos inspiraban en un verso mucha tristeza,
Emiliano a las siembras conseguía un enorme terreno.
Una copa tomé con Ramón, mientras el centenario quería escribir
en una franja sangrienta me encontré una libreta rayada,
mientras Diego en su rancho quería dormir,
yo dibujaba una sonrisa dorada
En el CIMO comía un pastel de ocasión
yo me convertí en prisionero de una canción
cazando pesadillas perseguía una gigante araña,
escuchaba a Julio interpretar su bolero,
sobre el frio me acogió una enorme maraña
cuando un violoncello reparaba un laudero.
El recuerdo de Elena tenía en mi mente,
Fernando a Yareth un poema escribía con lápiz,
en la comandancia Humberto contestaba presente
nueve borrachos acogía la mesa del rojo barniz.
Frente a su puente sentada Concepción
me convertí en prisionero de una canción.
jueves, 29 de diciembre de 2011
En espera de mi aurora
Gregory Jarquin
Esperando el amanecer, con pluma entre mano
frente a la nocturna ventana, aun lado, el hondo tintero
observando, la protectora noche, y deleitándome, la bella sinfonía de los perros
clavado en los minutos, deleitado por la oscura tinta, y soñando, que tu corazón profano
Soñando con tus besos, llorando tu recuerdo,
así es pues, la sombra de mi ilusión,
ssí busco, tu olor entre letras, así me asilencio, mi sentimiento guardo
dulce y amarga, es esta farsa llamada inspiración.
Mientras busco tesoro, en esta mi memoria devoradora
yo estaré aquí sentado pues, en espera de mi aurora.
Mientras las horas corren, yo escribiré tú nombre,
no busco esta noche saetas, sólo busco olvidarte
pues de amor, y de dolor, mi corazón es triste y pobre,
no quiero escuchar más de ti, ahora, busco de mi mente arrancarte.
Y yo hasta el final, esperaré, la mañana alumbradora,
me sentaré, toda la noche, aquí estaré, en espera de mi aurora.
No sé que pasará después. ¿Acaso tú lo sabes?
Yo creo que aun te amaré,
yo creo que en ti aun pensaré,
no se si tu querer conmigo seguirá siendo egoísta, ¿También llegara el día en que por mi delires?
Sólo se de algo o alguien que lo sabe
su nombre es “mañana”
Yo me sentaré aquí, y estaré hasta el final, en espera de mi aurora.
Esperando el amanecer, con pluma entre mano
frente a la nocturna ventana, aun lado, el hondo tintero
observando, la protectora noche, y deleitándome, la bella sinfonía de los perros
clavado en los minutos, deleitado por la oscura tinta, y soñando, que tu corazón profano
Soñando con tus besos, llorando tu recuerdo,
así es pues, la sombra de mi ilusión,
ssí busco, tu olor entre letras, así me asilencio, mi sentimiento guardo
dulce y amarga, es esta farsa llamada inspiración.
Mientras busco tesoro, en esta mi memoria devoradora
yo estaré aquí sentado pues, en espera de mi aurora.
Mientras las horas corren, yo escribiré tú nombre,
no busco esta noche saetas, sólo busco olvidarte
pues de amor, y de dolor, mi corazón es triste y pobre,
no quiero escuchar más de ti, ahora, busco de mi mente arrancarte.
Y yo hasta el final, esperaré, la mañana alumbradora,
me sentaré, toda la noche, aquí estaré, en espera de mi aurora.
No sé que pasará después. ¿Acaso tú lo sabes?
Yo creo que aun te amaré,
yo creo que en ti aun pensaré,
no se si tu querer conmigo seguirá siendo egoísta, ¿También llegara el día en que por mi delires?
Sólo se de algo o alguien que lo sabe
su nombre es “mañana”
Yo me sentaré aquí, y estaré hasta el final, en espera de mi aurora.
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Gregory Jarquin
lunes, 26 de diciembre de 2011
Amor de tres
La Triada Poética
Deja que muera, sólo así no me preocupare de ti...
Mientras mi corazón late por mantener viva este viejo amor,
y mi mente viaja para ser testigo de una triste ilusión.
Sólo ilusiones que se desenvuelven en lo más profundo de mí ser,
ser testigo de este amor que padece de un fin.
Pero que es el fin... si no el principio de una pesadilla que parece no terminar,
en un desencadenado llanto de soledad.
Llanto amargo de las voces del mar,
mientras emprendo el viaje en la aventura de olvidar,
y el sol que no deja de caminar para volverme a dejar loco de tanto esperarte.
Porque en el mar mataré el mucho amor que hay en mi,
porque sólo ahí purificaré y aprenderé a olvidar,
olvidar y borrar el dolor que estas causando dentro de mi
y maldita tu presencia que me hace llorar.
Mi llanto sólo es el reflejo de mi alma,
que te pide a gritos que regreses,
sacrifica mil lágrimas y las otras mil mueren por compasión,
trato de olvidar pero sólo busco recordarte,
en una telaraña que me atrapa y me guía a tu recuerdo.
Recuerdo que hizo besarte los pies
después de robarte mis días sin haber dormido,
las orillas de mis palabras y el centro de mi alma,
por solo buscar la noche que no regreses para nunca recordarte.
Y no recordarte es lo quiero,
desterrarte de mis pensamientos, no preocuparme por ti,
que tu vida ya no me pertenece,
que mis besos, que mis palabras que te juré ya no tiene validez,
olvidaré todas las falsas palabras que de ti se desprendían.
Tus falsas palabras, que me llenaban de amor,
un amor que se fue desgastando como tempano de hielo,
como un cigarro que al quemarse muere como mi corazón,
te di mi vida me elevaste tan alto y me dejaste caer,
perdí tu seguridad y ahora estoy a la deriva.
Sosteniendo sólo esta pistola,
con las balas dignas de la soledad,
queriéndote siempre hasta el final,
jugando con la muerte de no tenerte
y aun así te pido deja que muera,
solo así no me preocupare de ti... y tal vez tu seas más feliz...
Deja que muera, sólo así no me preocupare de ti...
Mientras mi corazón late por mantener viva este viejo amor,
y mi mente viaja para ser testigo de una triste ilusión.
Sólo ilusiones que se desenvuelven en lo más profundo de mí ser,
ser testigo de este amor que padece de un fin.
Pero que es el fin... si no el principio de una pesadilla que parece no terminar,
en un desencadenado llanto de soledad.
Llanto amargo de las voces del mar,
mientras emprendo el viaje en la aventura de olvidar,
y el sol que no deja de caminar para volverme a dejar loco de tanto esperarte.
Porque en el mar mataré el mucho amor que hay en mi,
porque sólo ahí purificaré y aprenderé a olvidar,
olvidar y borrar el dolor que estas causando dentro de mi
y maldita tu presencia que me hace llorar.
Mi llanto sólo es el reflejo de mi alma,
que te pide a gritos que regreses,
sacrifica mil lágrimas y las otras mil mueren por compasión,
trato de olvidar pero sólo busco recordarte,
en una telaraña que me atrapa y me guía a tu recuerdo.
Recuerdo que hizo besarte los pies
después de robarte mis días sin haber dormido,
las orillas de mis palabras y el centro de mi alma,
por solo buscar la noche que no regreses para nunca recordarte.
Y no recordarte es lo quiero,
desterrarte de mis pensamientos, no preocuparme por ti,
que tu vida ya no me pertenece,
que mis besos, que mis palabras que te juré ya no tiene validez,
olvidaré todas las falsas palabras que de ti se desprendían.
Tus falsas palabras, que me llenaban de amor,
un amor que se fue desgastando como tempano de hielo,
como un cigarro que al quemarse muere como mi corazón,
te di mi vida me elevaste tan alto y me dejaste caer,
perdí tu seguridad y ahora estoy a la deriva.
Sosteniendo sólo esta pistola,
con las balas dignas de la soledad,
queriéndote siempre hasta el final,
jugando con la muerte de no tenerte
y aun así te pido deja que muera,
solo así no me preocupare de ti... y tal vez tu seas más feliz...
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lunes, 19 de diciembre de 2011
Resignación
Fobos Poe
La luna no podria salir sin ti,
la única forma de olvidarte
seria nunca haberte conocido,
pero el mundo, mi mundo
no tendría luz sin ti
sin el brillo de tus ojos al reir.
El encanto que provocas
le ha robado el corazón a muchos
y a muchas otras te han odiado,
mi niña de los ojos de arcoiris,
de la sonrrisa inocente,
del corazón gigante.
Quien pudiera reir como lloras tú,
quien pudiara hacer salir el sol con una risa,
quien pudiera desaparecer la tristeza
nadie como tú;
mi niña.
Sólo esta noche
Gregory Jarquín
Reina esta noche vida mía.Reina esta noche en mis pensamientos.
Reina esta noche en mi desdicha.
Reina esta noche sin argumentos.
No pronunciaré tu nombre esta vez
Sólo te pediré que, me mires fingiendo
Sólo te pediré que, me mientas
Recuerdo cuando te vi llorando
Recuerdo cuando te consolé con rimas sangrientas
No te recordaré más
Sufriré por tu olor, bajo las sombras,
lloraré por tu nombre, bajo las nubes,
reprocharé tu indiferencia, ante las olas,
pero sobre todo contradeciré tu amor, a las virtudes
Soñaré contigo, pero este será el ultimo.
Te besaré, frene al recalcitrante frio.
Te tocaré en la persecución de la aurora.
Sólo así mi pensamiento, tendrá un momentáneo alivio,
y buscaré otra razón, para amarte, puesto que esta que tengo, es devoradora.
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Gregory Jarquin
domingo, 18 de diciembre de 2011
Reina
Hiram Sánchez
A mi tablero de ajedrez
le hace falta su reina,
tan importante para ganar en esta guerra.
le hace falta su reina,
tan importante para ganar en esta guerra.
Reina que la siento tan lejana,
y teniéndola a unos cuantos kilómetros,
kilómetros que se burlan de tu ausencia.
ausencia que se bufa de mi soledad.
y teniéndola a unos cuantos kilómetros,
kilómetros que se burlan de tu ausencia.
ausencia que se bufa de mi soledad.
Soledad que me hace invocar tú nombre al espacio
para que un astro despistado
proclame tu nombre.
para que un astro despistado
proclame tu nombre.
Hoy lloro con una película,
mientras me ridiculizo de mi estrategia
al sentir que no he hecho nada por ganar tu amor.
mientras me ridiculizo de mi estrategia
al sentir que no he hecho nada por ganar tu amor.
Sólo me humedezco en la melancolía,
al ver otro que otro año más se muere
soñando con el delicado roce de nuestros labios.
al ver otro que otro año más se muere
soñando con el delicado roce de nuestros labios.
Maldigo las horas que me tienen lejos de ti,
mientras me escondo cobardemente detrás de mis mensajes,
porque yo es casi el término que me lleva a tu nombre.
mientras me escondo cobardemente detrás de mis mensajes,
porque yo es casi el término que me lleva a tu nombre.
A mi tablero de ajedrez
le hace falta su reina,
reina perfecta para ganar esta batalla,
la batalla del amor…
le hace falta su reina,
reina perfecta para ganar esta batalla,
la batalla del amor…
La desilusión del silencio
Gregory Jarquín
Y ningún sonido profano aquel silencio expresado tras escuchar tan terrible noticia, pues aquel poeta esta vez no había de buscar rima alguna, ni pensó en redactar una breve epístola, pues se perdió aquella ilusión de besar algún día esos ojos.
Aquellas hojas de verano que se movían por entre los árboles, cual si fuera la llegada del otoño, el poeta supo entonces que la dueña de sus ilusiones era ya parte de otro mundo “aclaro” la muerte no se había presentado entonces, aunque aquel poeta la ansiaba en aquellos instantes habló de causas hermanas de la desilusión.
El poeta lloró amargamente sin derramar una sola lágrima, ni entonar el amargo canto de nombre llanto. Mientras las derramadas lágrimas del cielo caían sobre el laurel que asombraba la ventana.
El poeta tímido y desafortunado del sentimiento que según él había inventado, pero ya hermano de la amargura y la desolación, se reprochaba asi mismo el haber sido tan cobarde, y fue suya la cita “El callar un sentimiento de amor por temor, puede parecer cómodo, pero el miedo es el opio de la razón y como consecuencia trae a la desilusión".
Yo por mi parte di palabras de aliento a aquel poeta y le hice saber lo que él me había enseñado. El amor tiene una cura, si se tiene la voluntad del olvido puede ser efectiva, es una esperanza llamada tiempo.
Aquellas hojas de verano que se movían por entre los árboles, cual si fuera la llegada del otoño, el poeta supo entonces que la dueña de sus ilusiones era ya parte de otro mundo “aclaro” la muerte no se había presentado entonces, aunque aquel poeta la ansiaba en aquellos instantes habló de causas hermanas de la desilusión.
El poeta lloró amargamente sin derramar una sola lágrima, ni entonar el amargo canto de nombre llanto. Mientras las derramadas lágrimas del cielo caían sobre el laurel que asombraba la ventana.
El poeta tímido y desafortunado del sentimiento que según él había inventado, pero ya hermano de la amargura y la desolación, se reprochaba asi mismo el haber sido tan cobarde, y fue suya la cita “El callar un sentimiento de amor por temor, puede parecer cómodo, pero el miedo es el opio de la razón y como consecuencia trae a la desilusión".
Yo por mi parte di palabras de aliento a aquel poeta y le hice saber lo que él me había enseñado. El amor tiene una cura, si se tiene la voluntad del olvido puede ser efectiva, es una esperanza llamada tiempo.
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Gregory Jarquin
jueves, 15 de diciembre de 2011
Eres tú
Gregory Jarquín
Para ti Diana
Hoy quiero mirarte a los ojos, pero, ¿es realidad esto que veo?
Veo un encanto inexplicable, que deseo sea una realidad.
Veo un rostro como la luna llena en mis noches de ansiedad,
quiero creer que eres tú, quiero creer que es tu nombre, lo que mi cielo pronuncia,
quiero creer que es recuerdo, quien alivia tu ausencia.
No hay cosa o ser en este mundo que te quite de mi mente,
no hay tiempo que pase, pues en mi mente solo tú estas presente.
El solo saber tú nombre, me ha embrujado.
El solo saber que eres tú, me ha matado.
Me hundo en miles de te amos en silencio, eso es lo que causa tu nombre,
eso es lo que causa tu recuerdo, eso es lo que causa mi pobre memoria.
Miro al futuro, y solo estas tú, miro al cielo, y no hay nada mas que la luna, que eres tú.
Anhelo un futuro, donde solo pueda tomarte entre mis brazos, besar tus labios, y decir un te amo.
Pues solo eres tú y
temo ahora pronunciar tu nombre, pero es necesario para que pueda yo vivir.
Mis noches sólo dicen
días de sombra mis noches anhelan.
Inmenso es el brillo de tus ojos que comparo con la estrella de mercurio.
Amor es el único término que conozco si de hablar de ti se trata.
No he de callar ahora este amor, pues he perdido el miedo
Ahora que lo sabes sólo esperare hasta que llueva.
viernes, 9 de diciembre de 2011
12:11
Hiram Sánchez y Juanito Mijangos
La dulce sonrisa del amor
que se desperdicia en el instante que desapareces
y se malgasta cuando regresas a mi lado.
Mientras me pregunto cómo poder olvidar,
que se desperdicia en el instante que desapareces
y se malgasta cuando regresas a mi lado.
Mientras me pregunto cómo poder olvidar,
y la luna vislumbraba mi rostro con su bella luz,
su luz se impacta en mis ojos, que lloran al recordarte.
Y te desvaneces mientras la luz opaca mi visita,
su luz se impacta en mis ojos, que lloran al recordarte.
Y te desvaneces mientras la luz opaca mi visita,
te desvaneces y te veo partir,
callando tus pasos, guardando tu aroma,
te desvaneces por no poderte recordar.
Y me quedo aquí callado y sentado otra vez,
callando tus pasos, guardando tu aroma,
te desvaneces por no poderte recordar.
Y me quedo aquí callado y sentado otra vez,
perdiendo mi vista en el horizonte como te he perdido a ti,
en una triste fantasía que desgarro mi realidad
por seguir un sueño caminando despierto.
Y desprendo tus besos,
en una triste fantasía que desgarro mi realidad
por seguir un sueño caminando despierto.
Y desprendo tus besos,
tu mirada en el intento de profanar tu inocencia,
creando algo que me tendrá que llevar hacia ti,
mientras de mi mirada frágil y profana se desprenden lágrimas de amor.
Y las caricias que aún viven en mi piel paran mis sentidos,
creando algo que me tendrá que llevar hacia ti,
mientras de mi mirada frágil y profana se desprenden lágrimas de amor.
Y las caricias que aún viven en mi piel paran mis sentidos,
mientras la luna me observa con recelo,
burlándose de aquellos recuerdos de una noche como esta.
En la que me envuelvo,
burlándose de aquellos recuerdos de una noche como esta.
En la que me envuelvo,
mientras el reloj grita que son las doce con su leve tic tac
que me recuerda tu suave caminar,
y evaporo a suspiros el último soplo de tú perfume que profana mis sentidos.
Y frágil mi corazón
que me recuerda tu suave caminar,
y evaporo a suspiros el último soplo de tú perfume que profana mis sentidos.
Y frágil mi corazón
que no puede contener el más insípido dolor,
y frágil mi sentidos
que no pueden detener el mas simple recuerdo de tú perfume
de tú piel junto a la mía,
mientras el reloj se burla en su andar de mi más puro amor.
Mientras espero el día
y frágil mi sentidos
que no pueden detener el mas simple recuerdo de tú perfume
de tú piel junto a la mía,
mientras el reloj se burla en su andar de mi más puro amor.
Mientras espero el día
para buscarte y arrancarte con mi vida,
y tú vida la muerte que llevo en pensarte,
extrañarte y perderte en la suave melodía de un final sin ningún inicio.
Y al inicio quiero volver,
y tú vida la muerte que llevo en pensarte,
extrañarte y perderte en la suave melodía de un final sin ningún inicio.
Y al inicio quiero volver,
cuando en vez de recordarte,
en mis brazos suspirabas,
en mis besos te jadeabas,
cuando nos cotizábamos al amanecer.
Y así detener el tiempo
en mis brazos suspirabas,
en mis besos te jadeabas,
cuando nos cotizábamos al amanecer.
Y así detener el tiempo
para perderme en el viento de la mendiga realidad
que me revuelca en la miserable verdad de
extrañarte antes de volver a besarte…
que me revuelca en la miserable verdad de
extrañarte antes de volver a besarte…
jueves, 17 de noviembre de 2011
Parte I
Luis Vasconcelos e Hiram Sánchez
Pasos que se pierden en el tiempo,
suspiros que se mueren por tu recuerdo,
un corazón que llora sangre por tu olvido,
unos besos que se marchitan con las ganas,
unas caricias con forma de nada, sentado y olvidado,
un hombre que llora en silencio...
Pasos que se pierden en el tiempo,
suspiros que se mueren por tu recuerdo,
un corazón que llora sangre por tu olvido,
unos besos que se marchitan con las ganas,
unas caricias con forma de nada, sentado y olvidado,
un hombre que llora en silencio...
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Poema 7 “Ayer”
El… Juanito Mijangos
Y me repito una vez mas,
aún no es tiempo para resignarme…
El soltarte de mis brazos fue mi más
grande distanciamiento con el mundo
terrestre…para verte solamente en mi mente.
Me hace tanta falta escuchar tú voz,
escuchar tantas cosas audibles…
Ver tantas imágenes perdidas…
Tener tantas ganas de verte…
para calmar las tantas formas de
encontrarte.
El pensarte sólo es la censura de mis
labios al pronunciarte… es
pronunciarte cuando mis ojos se
cierran… es cerrar mis manos cuando
tú piel sienten recorrer…es recorrer tú
cuerpo con mi olfato y tener tú esencia
adentro de mi demencia.
El extrañarte con demasía fue mi
primer acercamiento con el mundo
imaginario… para poder encontrarte
otra vez en mis brazos.
domingo, 30 de octubre de 2011
Deseo
Chema Guevara
“Porque si solo se tratara de vivir con mi deseo, viviría en un sueño, si, aquel sueño que lleva tu nombre”
Heme aquí otra vez, postrado y pensando en eso, el deseo, el deseo, el deseo, sólo tengo el deseo de que si lo digo tres veces se haga realidad.
He vivido con una constante realidad impura, pero lo que me hizo recuperarme es tú memoria, tus ojos, tú cabello y tú tierna piel. Piel llamada por el deseo, piel destilando mi deseo, destilando mis ojos deseos de verte.
El deseo mismo me ha preguntado qué tan divina eres, más que la luna dije yo. El deseo por su puño y letra escribe en una hoja, que contiene su alma para entregártela ahora, después y siempre.
El deseo susurro a mi oído lo que quería que escucharas, con esa voz nostálgica que siempre tiene.
Pero, que hago yo aquí con el deseo, no puedo tocarte, no puedo abrazarte, pero aún así, tengo la certeza de que este mismo deseo te esperaría hasta la eternidad si tu se lo pidieras.
Tal vez yo no lo haría, pero esa es decisión de él, ahora se ha transformado a verdad, verdad en la que te escribe con lágrimas en los dedos y con sangre en los ojos de tanto pensarte. Le he dicho que se calme, calmarlo junto a ti, es demasiado complicado, pero esta vez, calla y huye.
Teme a su realidad cuando lee mis ojos, cuando ve tú silueta encantadora y sonríes, te pido, no dejes de sonreír. Solo te pido no dejar de hacerlo, porque la vida y esencia de mi deseo sobrevive por ti.
Pero ese deseo es puro, el deseo de estar siempre contigo, que siempre que lo hago, jamás me veras sin ese deseo de sonreír, por eso no te preguntes que pasa, es que estas tú, sólo eso.
Te hablaré con los ojos diciendote cuanto te amo, preguntándote que tan importante soy y confesándote mi largo viaje hasta el cielo, para ver al ángel más hermozo, el deseo mismo me llevó a través de tus labios.
Deseo, una palabra, un tanto preciosa, un tanto divina, siempre viva y por siempre mía.
Mia, como tú, tan mía como yo tuyo, recostada en mis manos, te pienso estas palabras, al mismo tiempo que me envuelves con tus manos, haciendo el deseo, un beso increíble y eterno, fugaz y perfecto, mi deseo te ha dicho con cada letra, cada palabra, te amo.
Agonía
Hiram Sánchez
Hoy no tengo ganas de escribir,
porque mis palabras se están volviendo simples y monótonas,
porque las ideas no fluyen como antes,
porque me falta algo que no sé que es.
Hoy no tengo ganas de escribir,
yo, que muchas veces le he escrito al amor
cuando hay mucho odio en el mundo,
guerras abanderadas en nombre de una democracia,
una democracia tan demacrada, que se les teme y
también se les odia.
Hoy no tengo ganas de escribir,
pues tantas veces me he esforzado para escribirte algo bonito
y ni siquiera sé si lo leerás,
si tan solo con una mirada y con una sonrisa tuya
me dijeras que los lees y que te importo,
mis escritos tomarían otra intención.
Hoy no tengo ganas de escribir,
hoy no tengo ganas de tomar una hoja de papel y mancharla,
de penetrar en mis pensamientos en buscar las palabras perfectas.
hoy sólo se que muren mis palabras en el tiempo.
Hoy no tengo ganas de escribir,
aunque mi horóscopo diga lo contrario;
que mis pensamientos y sentimientos están en armonía,
que hoy es un buen día para invertir mis ahorros en algo fructífero,
que tengo dos estrellas en el amor y en el trabajo,
cuatro en salud y cinco en dinero,
mi horóscopo miente.
Hoy no tengo ganas de escribir,
mientras perforo en mis recuerdos,
buscando una respuesta a este sentimiento
que muchas veces ya he negado,
mintiendo cuando me preguntan que siento por ti.
Hoy no tengo ganas de escribir,
sólo enfadarme con un amigo cuando me llama cobarde,
cobarde por callar mis sentimientos, por callar mi amor,
hoy sólo sé, que están mueriendo mis palabras.
Hoy no tengo ganas de escribir,
¿por qué? no lo se
simplemente no quiero escribir...
Hoy no tengo ganas de escribir,
porque mis palabras se están volviendo simples y monótonas,
porque las ideas no fluyen como antes,
porque me falta algo que no sé que es.
Hoy no tengo ganas de escribir,
yo, que muchas veces le he escrito al amor
cuando hay mucho odio en el mundo,
guerras abanderadas en nombre de una democracia,
una democracia tan demacrada, que se les teme y
también se les odia.
Hoy no tengo ganas de escribir,
pues tantas veces me he esforzado para escribirte algo bonito
y ni siquiera sé si lo leerás,
si tan solo con una mirada y con una sonrisa tuya
me dijeras que los lees y que te importo,
mis escritos tomarían otra intención.
Hoy no tengo ganas de escribir,
hoy no tengo ganas de tomar una hoja de papel y mancharla,
de penetrar en mis pensamientos en buscar las palabras perfectas.
hoy sólo se que muren mis palabras en el tiempo.
Hoy no tengo ganas de escribir,
aunque mi horóscopo diga lo contrario;
que mis pensamientos y sentimientos están en armonía,
que hoy es un buen día para invertir mis ahorros en algo fructífero,
que tengo dos estrellas en el amor y en el trabajo,
cuatro en salud y cinco en dinero,
mi horóscopo miente.
Hoy no tengo ganas de escribir,
mientras perforo en mis recuerdos,
buscando una respuesta a este sentimiento
que muchas veces ya he negado,
mintiendo cuando me preguntan que siento por ti.
Hoy no tengo ganas de escribir,
sólo enfadarme con un amigo cuando me llama cobarde,
cobarde por callar mis sentimientos, por callar mi amor,
hoy sólo sé, que están mueriendo mis palabras.
Hoy no tengo ganas de escribir,
¿por qué? no lo se
simplemente no quiero escribir...
lunes, 17 de octubre de 2011
Palabras… Mi visión…
Hiram Sánchez
¿En qué momento nos hacemos cómplices de las palabras?
Cuando las palabras viven en los sentimientos y duermen en la memoria.
Cuando las palabras forman nuestro ser.
Cuando las palabras se unen a nuestra historia, y estas nos hacen vivir.
Cuando logramos seducir y/o revivir a la flor más marchita.
Cuando más palabras no llevan a otras palabras.
Cuando estas palabras ya son redundantes y ya nos llevan a nada.
Cuando estas palabras se pierden con el paso del tiempo, se degeneran y mueren lentamente.
Cuando estas palabras son capaces de tocar a otra personas, de conquistarla.
Cuando estas palabras se logran transmitir; palabras, ideas, sentimientos.
Cuando las palabras seducen nuestro inconsciente.
Cuando las palabras se vuelven música, y nos hacen soñar.
Cuando el aroma y la historia de las palabras perfuman nuestros sentidos.
Cuando las palabras con el tiempo adquieren varios significados, se transforman y seducen nuestros pasos.
Cuando a las palabras le damos un valor único y con ellas podemos construir muchos mundos.
Cuando por medio de las palabras podemos llegar a tocar los sentimientos, retumbar en las memorias sensibles y no tan sensibles.
Cuando las palabras nunca mueran, tienen vida larga.
Cuando las palabras se vuelven monótonas y me hacen cambiar de ritmo…
martes, 11 de octubre de 2011
La quinta de las celosías - Amparo Dávila
Bueno... yo tenía pensado publicar los martes y los viernes, que son -acaso- los días más libres que tengo; pero en vista de que hay mucho que leer, que hay un poema y un cuento en la sala de espera, y que mis viejos escritos - vistos a estas alturas - han dejado de gustarme, les dejo un cuento de Amparo Dávila que curiosamente acabo de descubrir hoy y que me encantó. Me declaro amante del cuento fantástico, por lo general rioplatense y más específicamente de Julio Cortázar; aunque admito que los mexicanos Alfonso Reyes, Ampáro Dávila y Guadalupe Dueñas se están ganando un lugar en mi corazón y en mi biblioteca.
Sin más, y para no sentir que rompo una promesa hecha a mí mismo, les dejo este texto de Dávila titulado: La quita de las celosías. Espero les guste... y que no le moleste al señor Hiram que haga esta clase de cosas en su blog.
La quinta de las celosías - Amparo Dávila
Había anochecido y Gabriel Valle estaba listo para salir. Solía ponerse la primera corbata que encontraba sin preocuparse de que armonizara con el traje; pero esa tarde se había esforzado por estar bien vestido. Se miró al espejo para hacerse el nudo de la corbata, se vio flaco, algo encorvado, descolorido, con gruesos lentes de miope, pero tenía puesto un traje limpio y planchado y quedó satisfecho con su aspecto. Antes de salir leyó una vez más la esquela y se la guardó en el bolsillo del saco. En la escalera se encontró con varios compañeros. Todos comentaron su elegancia; recibió las bromas sin molestarse y se detuvo en la puerta para preguntar a la portera cómo iba su reúma.
—Está usted muy contento, joven — dijo la vieja, que estaba acostumbrada a que pasaran frente a ella y ni siquiera la vieran. En la mañana, cuando le llevó la carta, lo encontró tumbado sobre la cama, sin hablar, fumando y viendo el techo. Ella la había dejado sobre el buró y se había salido. Así eran esos muchachos, de un humor muy cambiante.
Gabriel Valle caminaba por las calles con pasos largos y seguros, se sentía ligero y contento. Quedaban aún restos de nubes coloreadas en el cielo. No había mucha gente. Los domingos las calles se encuentran casi solas. A él le había gustado siempre caminar por la ciudad al atardecer, o a la medianoche; caminaba hasta cansarse, después se metía en algún bar y se emborrachaba suavemente; entonces recordaba a Eliot... "vayamos pues, tú y yo, cuando la tarde se haya tendido contra el cielo como un paciente eterizado sobre una mesa; vayamos a través de ciertas calles semidesiertas... (a veces nadie lo oía, pero a él no le importaba) la niebla amarilla que frota su hocico sobre las vidrieras lamió los rincones del atardecer... (otras veces venían los músicos negros y se sentaban a escucharlo, sin lograr entender nada, o improvisaban alguna música de fondo para acompañarlo) ¡y la tarde, la noche, duerme tan apacible! alisada por largos dedos, dormida, fatigada... (el cantinero le obsequiaba copas) ¡no! no soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo; soy un señor cortesano, uno que servirá para llenar una pausa, iniciar una escena o dos... ("¿Quién es ese tipo que recita tantos versos?" preguntaban a veces los parroquianos), "nos hemos quedado en las cámaras del mar al lado de muchachas marinas coronadas de algas marinas rojas y cafés hasta que nos despiertan voces humanas y nos ahogamos..." entonces se iba con la luz del día muy blanca y muy hiriente a ahogarse en el sueño.
Unas chicas que andaban en bicicleta por poco lo atropellaron, pero aquel incidente no le provocó el menor disgusto. Era tan feliz que no podía enojarse por la torpeza de unas muchachas. Se sentía generoso, comprensivo, comunicativo también. Le hubiera gustado saludar cortésmente a todos los que encontraba a su paso, aun sin conocerlos: "¡Buenas tardes, o buenas noches, señora!", "¡Adiós, señor, que la pase bien!" "Permítame que le ayude a llevar la canasta", hubiera querido decirle a una pobre vieja que llevaba un canastón de pan sobre la cabeza. Llegó a la esquina donde tenía que esperar el tranvía, empezaron a caer gotas de lluvia. Se levantó el cuello del saco y se refugió bajo el toldo de una tienda de abarrotes... ¡Qué mal se había sentido aquella vez que acompañó a Jana hasta su casa, después de insistirle mucho que se lo permitiera; ella siempre se negaba, aquella vez accedió con desgano. Lloviznaba cuando llegaron a la quinta, pensó que lo invitaría a entrar mientras la lluvia pasaba, "será mejor que te vayas rápido, para que no te mojes" había dicho Jana mientras abría la reja y se alejaba hacia la casa sin volverse. Pensó tantas cosas en aquel momento. Nunca se había sentido tan humillado. Se quedó un rato contemplando la quinta, después se alejó caminando lentamente bajo la lluvia. Por el camino se tranquilizó y llegó a la conclusión de que todo había sido una mala interpretación de su parte. Jana no era capaz de ofender a nadie, mucho menos a él; tal vez le había parecido inconveniente invitarlo a pasar a esa hora, por vivir sola... El tranvía llegó y Gabriel Valle lo abordó de varias zancadas para no mojarse. Se acomodó al lado de una muchacha muy pálida y muy flaca, que apretaba nerviosamente entre las manos unos guantes sucios ("esta mujer está muy angustiada") y sintió entonces un gran deseo de poder trasmitir a los demás siquiera un poco de aquella felicidad que ahora tenía. La muchacha flaca revolvía dentro del bolso buscando algo. . .
—Parece que ya no llueve —dijo él para iniciar una conversación.
—Pero lloverá más tarde —repuso ella en tono amargo—; no es ya suficiente que sea domingo, sino que llueva... Lo miró entonces con una mirada fría, totalmente deshabitada; él sintió que se había asomado al vacío.
— ¿Le entristecen los domingos?
— Los domingos y todos los días, pero... —se puso a mirar por la ventanilla mientras sus manos seguían estrujando los viejos guantes. De pronto continuó:
—Los domingos son tan largos, uno tiene tantas cosas que hacer y sin embargo no se quiere hacer nada, da una pereza horrible tener que lavar y planchar la ropa para la semana... después se acaba el domingo y uno se acuesta sin poder recordar nada, sino que pasó un domingo más, igual que todos los otros...
¡Pobre muchacha! Lo que le pasaba era que debía sentirse muy sola, no había de tener quien la quisiera, y era bien fea; sería difícil que encontrara marido o novio así de flaca y desgarbada; el pelo seco y mal acomodado, los ojos inexpresivos, los labios contraídos, la pintura corrida, y tan mal vestida, tan amarga... Recordó entonces a Jana y la satisfacción asomó a su rostro.
—. y la lluvia —seguía diciendo la muchacha flaca— siempre la lluvia a toda hora, todos los días... ¿o es que a usted le gusta la lluvia?
—Muchas veces me molesta, claro está, sobre todo cuando hay que salir, pero es tan agradable oírla de noche, cuando ya no hay más ruido que el de ella misma, cayendo lenta, continuadamente, fuera y dentro del sueño...
La muchacha lo interrumpió: —"Me quedo en la próxima parada, que le vaya bien"— y ella se fue toda flaca y toda amarga hasta la puerta de salida. Se corrió entonces al asiento de la ventanilla. Le gustaría hacer un largo viaje, en tren, con Jana; ver pasar distintos paisajes, no tener que preocuparse por nada, conocer juntos muchas cosas, ciudades, gentes, tener dinero para gastar, y gastarlo sin pensar; sería bueno poder hacer el equipaje y partir, ahora mismo, mañana... Subió una pareja de jóvenes, la muchacha se sentó al lado de Gabriel y él se quedó de pie junto a ella; se veían muy contentos, platicaban en voz baja, cogidos de la mano, reían... Los miraba con gusto ("también son felices") ; le hubiera gustado tener esa confianza con Jana, esa sencilla intimidad, pero era tan tímida, tan delicada, no se atrevía ni siquiera a tomarle una mano por temor a molestarla, ¡cuánto trabajo le había costado comenzar a salir con ella!
—Siempre me ha parecido una muchacha hosca, huraña y hasta agresiva; tal vez se siente muy superior a todos nosotros —le dijo un día Miguel.
—Estás muy equivocado, lo que sucede es que Jana es muy tímida, pero yo la entiendo bien, además ha sufrido mucho, la forma como murieron sus padres fue terrible...
—No discuto eso, claro que fue una verdadera tragedia, pero...
—El dolor hace que las gentes se encierren en sí mismas y se muestren aparentemente hoscas; pero es sólo un mecanismo de defensa, una barrera inconsciente para protegerse de cualquier cosa que les pueda hacer daño nuevamente...
—Puede ser... pero también puede ser cosa propia de su temperamento alemán —dijo Miguel. No cabía duda de que a Miguel no le simpatizaba Jana, y no era de extrañar. Miguel tenía cierta torpeza interior que no le permitía penetrar en los demás, él entendería de fútbol, de rock and roll, de tonterías, ¡qué superficial era!
—Y siempre huele a formol y a balsoformo...
Gabriel se había ido sin contestarle, ¡qué estúpido podía ser cuando se lo proponía! Si bien era cierto que al principio a él también le resultaba muy desagradable aquel olor que despedía Jana, parecía que estaba impregnada totalmente de él, y así tenía que ser, pues manejaba todos los días aquellas sustancias. Pronto se había acostumbrado y no le molestaba más. Cuando se casaran no le permitiría que siguiera en el anfiteatro ¡y vaya que le iba a costar mucho disuadirla! Porque tomaba demasiado en serio aquel trabajo; le parecía sumamente interesante y estaba convencida de que llegaría a ser una magnífica embalsamadora; había estudiado los procedimientos de que se valían los egipcios para conservar sus muertos; conocía muchos métodos diversos y tenía fórmulas propias que estaba perfeccionando y que pensaba poner en práctica muy pronto; además estaba escribiendo un libro..., esto le había dicho aquella tarde en que él se había arriesgado a tocar el tema. ¡Sí que iba a resultar difícil! El Dr. Hoffman también protestaría; él la había llevado a trabajar al hospital y era su colaboradora. ¡Y qué mal genio tenía el viejo! Cuando algo le salía mal se restregaba las manos, escupía, se rascaba el mentón, mascaba algo imaginario... ¡pero qué extraordinario cirujano era! Aquella trepanación parietal que... Gabriel se dio cuenta que ya era su parada y apresuradamente se levantó.
Había dejado de llover; olía a tierra húmeda y a hierba mojada. Estaba fresco pero no hacía frío. Resultaba agradable caminar por aquella larga avenida de cipreses que conducía a la quinta. Miró el reloj, faltaban veinte minutos para las ocho. Llegaría a tiempo. La esquela decía que lo esperaba a las ocho.
Se debia de vivir muy tranquilo por allí; sin ningún ruido, con tanto aire puro, pero estaba muy retirado y muy solo. No le gustaba que Jana hiciera ese recorrido por las noches. Resultaba peligroso para cualquiera; había pocas casas y poca gente; si uno gritaba ni quién lo oyera. En los periódicos siempre aparecían noticias de asaltos y de... No le haría ningún reproche a Jana por aquel silencio, ¡pobrecita! también ella debía haber sufrido. Más de un mes había pasado sin tener noticias. Le parecía inexplicable aquella actitud de Jana. Recordó aquellas noches que fue hasta la quinta tratando inútilmente de verla, o aquellas largas esperas en la puerta del anfiteatro... Sus dedos palparon el sobre y sintió un gran alivio; con esto había terminado la angustia. Lo mejor sería casarse pronto; una ceremonia sencilla, sin invitados; les avisaría a sus padres cuando ya estuvieran casados, así no podrían oponerse; los conocía bien, su madre era capaz de enfermar, de ponerse grave, tal vez hasta de morirse. ¿Pensaría Jana que vivieran en la quinta? No sabría qué decidir. No se atrevería a llevarla a la pensión: un cuarto solamente, una cama estrecha y dura, el baño compartido con veinte estudiantes, y la comida tan mala, que se quedaría siempre sin comer. Tendría que hacer a un lado su orgullo y venirse a la quinta. Por lo menos podría estudiar tranquilo, sin ruido de tranvías, sin gente molesta, solo él con Jana...
Cuando llegó, la quinta se hallaba como de costumbre a oscuras; las celosías no permitían que la luz del interior se filtrara. La reja estaba sin candado, Gabriel llegó a través del jardín hasta la puerta de la casa y tocó el timbre. Oyó el sonido de una campanilla, volvió a tocar. Por fin abrieron. Allí estaba Jana, con un vestido de seda gris, casi blanco, pegado al cuerpo; el pelo rubio suelto cayendo suavemente sobre los hombros. Lo saludó como si lo hubiera visto el día anterior. Muy desconcertado la siguió a través de un oscuro pasillo hasta el salón profusamente iluminado. Era una sala con muebles imperio, con muchos cuadros, la mayoría retratos, tibores, lámparas, gobelinos, bibelots, un piano alemán de media cola, estatuillas de mármol, una gran araña colgando en el centro del salón...
—Éstos son los retratos de mis padres —dijo de pronto Jana mostrándole dos retratos colocados sobre la chimenea.
—Muy bien parecidos —repuso cortésmente Gabriel.
—Sí, eran realmente hermosos... los retratos por otra parte son bastante buenos. Los hizo un pintor austríaco desterrado, a quien mi padre protegía. Me encanta el color y la pureza del tratamiento: observa la frescura de la tez, la humedad de los labios, parece como si estuvieran...
El sonido de unos pasos en el corredor interrumpió a Jana, se volvió y miró hacia la entrada; también Gabriel pensó que alguien iba a aparecer.
Mira qué bello piano —dijo Jana, a tiempo que lo abría y acariciaba las teclas— mamá tocaba maravillosamente.
—¿Tú también tocas? —preguntó Gabriel interrumpiéndola.
—Me gustaba oírla tocar —continuó ella como si no hubiera oído la pregunta de Gabriel—; por las noches interpretaba a Mozart, a Brahms, mi padre leía los periódicos, yo la escuchaba embelesada... sus manos eran finas, los dedos largos, ágiles, tocaba dulcemente, casi con sordina, nos decía tantas cosas cuando tocaba... Otra vez los pasos llegaron hasta la puerta, Gabriel se quedó esperando... nadie entró. Jana subió una ceja como solía hacerlo cuando algo le desagradaba y cerró el piano bruscamente. Le ofreció un cigarrillo a Gabriel y lo invitó a sentarse. Ella se acomodó en una butaca grande, tapizada con terciopelo verde oscuro, distinta de los demás muebles. Gabriel se encontraba muy incómodo en aquella elegante sala tan llena de cosas valiosas, tan cargada de recuerdos. Quería hablar con Jana, había estudiado el diálogo palabra por palabra y ahora no sabía cómo empezar. Se encontraba torpe, molesto, y comenzaba a sentirse nervioso. Le hubiera gustado que estuvieran en algún café, o en el parque, en cualquier sitio menos allí... Se acomodó en una silla cerca de ella.
—Pasaron tantos días sin saber de ti —dijo tratando de iniciar su conversación.
—Aquí se sentaba siempre papá, a veces se quedaba dormido, ¡me enternecía tanto!, vivía cansado, trabajaba mucho, para que nada nos faltara a mamá y a mí, decía siempre cuando le reprochábamos, ¡pobre papa!... a veces jugaba ajedrez con el Dr. Hoffman, los domingos en la tarde; mamá servía el té y las pastas, después cogía su bordado, siempre bordaba flores y mariposas, flores de durazno y violetas; de cuando en cuando dejaba la costura y observaba a papá jugando con el Dr. Hoffman, lo miraba con gran ternura como si hubiera sido un niño, su niño. Papá sentía aquella mirada, buscaba sus ojos y sonreían; "esos novios", solía decir el viejo Hoffman... Alguien había llegado hasta la puerta y Gabriel podía escuchar una respiración acelerada; Jana calló bruscamente y su cara se endureció. Nunca había visto Gabriel aquella expresión tan dura, tan fría, tan distinta de la que él amaba, de la que él guardaba dentro de sí... Seguía escuchando la respiración cerca de la puerta, tan fuerte, tan agitada como la de una fiera en celo... se sentía mal, cada vez más, disgustado con todo y con él mismo, aquella atmósfera le resultaba asfixiante, aquellos pasos, aquella respiración, aquella mujer tan lejana, tan desconocida para él. Había hecho tantos proyectos, había planeado lo que iba a decirle, lo que ella contestaría, todo, y ahora lo había olvidado todo, no sabía ya qué decir ni de qué hablar. Recorría con la vista los cuadros, los retratos, las estatuillas, el gobelino lleno de figuras que danzaban en el campo sobre la hierba, la gran araña que iluminaba el salón, todo parecía rígido allí y con ojos, miles de ojos que observaban, que lo cercaban poco a poco, y la respiración, detrás de la puerta, aquella respiración que empezaba a crisparle los nervios.
—¡Basta ya, Walter!— gritó de pronto Jana —¡basta, te digo!
Gabriel se levantó y fue a sentarse junto a ella, tomó su mano, estaba fría y húmeda...
Jana, querida, salgamos de aquí; vamos a caminar un poco, a platicar, vamos a... Ella retiró la mano y lo miró fijamente. Entonces él vio de cerca sus ojos, por primera vez esa noche, estaban increíblemente brillantes, las pupilas dilatadas, inmensas y lagrimeantes... sintió que un escalofrío le corría por la espalda mientras la sangre le golpeaba las sienes... Jana se levantó y fue a tocar un timbre, nadie apareció, volvió a tocar, no hubo respuesta.
—Quiero el té, bien caliente —gritó Jana. Gabriel quería salir de allí, respirar aire puro, no ver más los retratos, ni el piano, salir de aquella sala agobiante, de aquel mundo de objetos, de tantos recuerdos, de aquella noche desquiciante, de aquel aturdimiento. El gran candil con sus cien luces calentaba demasiado. Necesitaba aire y el aire no alcanzaba a penetrar a través de las celosías, la puerta de cristales que comunicaba con el jardín se encontraba cerrada... El reloj de la chimenea dio la media, la noche se había eternizado para Gabriel y el tiempo era una línea infinitamente alargada. Jana regresó a sentarse en la misma butaca y encendió un cigarrillo.
—¿Qué ha sucedido, Jana? Dímelo. —Así era yo entonces —dijo ella señalando el retrato de una jovencita.
No está conmigo, pensó dolorosamente Gabriel.
—El día que me hicieron el retrato, cumplía dieciséis años; mamá me había hecho el vestido, era de organza azul; "es del mismo color que los ojos", dijo papá; por la tarde fuimos a tomar helados y después al teatro, mamá comentó que la obra era un poco atrevida para una niña; "ya es una joven", agregó papá con una sonrisa, "está bien que vaya sabiendo algunas cosas"; el doctor Hoffman me regaló el collar que tengo en el retrato, ¿no es lindo.. . ?, era de cristal de roca color turquesa, el color azul siempre ha sido mi predilecto, ¿a ti te gusta?
—Es el color de tus ojos, pero... ¿por qué no hablamos de nosotros?
Se escuchó el ruido de una mesa de té que alguien arrastraba; Jana se levantó precipitadamente y salió de la sala; regresó con la mesa. Gabriel recordó en ese momento la primera vez que la vio en el hospital, conduciendo aquella camilla. . .
—Le mandé decir que no había terminado de prepararlo —le dijo Jana al doctor Hoffman.
—Está bien, Jana, no estorbe ahora. Ella se hizo a un lado sin decir más y se sentó en una banca; desde allí observaba con gran atención las manos del doctor Hoffman trabajando hábilmente en aquel cuerpo muerto...
Jana servía el té. —¿Con crema o solo?
—Prefiero solo. Cuando le dio la taza Gabriel volvió a mirar de cerca aquellas pupilas enormemente dilatadas y lagrimosas y sintió algo extraño casi parecido al miedo; "ojos que no me atrevo a mirar de frente cuando sueño", estos ojos no podría él guardarlos para su soledad, para aquellas noches en que vagaba por la ciudad y no tenía más refugio que meterse en algún bar y beber, beber, hasta que la luz del día lo obligaba a hundirse en las sábanas percudidas de su cama de estudiante.
—¿Está bien de azúcar?
—Sí, gracias —contestó él. Qué importancia podía tener ahora el azúcar, las palabras, si todo estaba roto, perdido en el vacío, en el sueño tal vez, o en el fondo del mar, en el capricho de ella, o en su propia terquedad que lo había hecho creer, concebir lo imposible, aquellos meses... todo falso, fingido, planeado, actuado tal vez. Sintió de pronto un enorme disgusto de sí mismo y el dolor de haber sido tan torpe, tan ciego, tan iluso; dolor de su pobre amor tan niño. La miró con rencor, casi con furia, con furia, sí, desatada, de pronto desenfrenada y terrible. Ella sonreía con aquella sonrisa que bien conocía, aquella sonrisa inocente que tanto lo había conmovido y...
—¿No está muy caliente el té? —preguntó Jana. No le contestó, la seguía mirando sonreír, las pupilas dilatadas, los dientes blancos, agudos; detrás de ella los retratos también lo miraban sonrientes... Los pasos llegaron nuevamente hasta la puerta...
—Te dije que no molestaras, que no molestaras. Gabriel advirtió que su frente y sus manos estaban empapadas en sudor, y comenzó a sentir el cuerpo pesado y un extraño hormigueo que poco a poco lo iba invadiendo; estaba completamente mareado y temía, de un momento a otro, caer de pronto en un pozo hondo; se aflojó la corbata, se enjugó el sudor; necesitaba aire, respirar; caminó hasta una ventana, había olvidado las celosías (aquí todo es recuerdo, hasta el aire); se tumbó de nuevo en la silla, pesadamente. Encendió un cigarrillo y miró a Jana como se mira una cosa que no dice nada.
—Tú querías conocer mi casa, mi vida... estás aquí...
El rostro sonriente de Jana se iba y regresaba, se borraba, aparecía, los dientes blancos que descubrían los labios al sonreír, las pupilas dilatadas, se perdía, regresaba otra vez, ahora riendo, riendo cada vez más fuerte, sin parar; él se pasó la mano por los ojos, se restregó los ojos, todo le daba vueltas, aquel extraño gusto en el té, todo giraba en torno de él, los retratos, el gobelino, las estatuillas, los bibelots; Jana se iba y volvía, riéndose; la araña con sus mil luces lo cegaba, el piano negro, los pasos en el pasillo, las ventanas con celosías blancas, la respiración, el rostro de Jana blanco, muy blanco, entre una niebla perdiéndose, regresando, acercándose, los dientes, la risa, los pasos nuevamente, la respiración detrás de la puerta, las figuras danzando sobre la hierba en el gobelino, saliéndose de allí, bailando sobre el piano, en la chimenea, aquel sabor, aquel gusto tan raro del té... Jana decía algo, la vio levantarse y abrir la puerta de cristales que daba al jardín y salir.
Gabriel se incorporó dando traspiés; cuando alcanzó la puerta y respiró el aire fresco de la noche, sintió que se recobraba un poco, lo suficiente para caminar. Jana caminaba por un sendero hacia el fondo del jardín, él la seguía torpemente, tambaleándose; cada vez sentía que era el último paso, su último paso en aquella húmeda noche de otoño; todo fallaba en él, su cuerpo no le obedecía, sólo su voluntad lo llevaba, era ella la que arrastraba al cuerpo; oyó los pasos que venían detrás de él, duros, sordos, pesados no intentó ni siquiera darse la vuelta, era inútil ya, no podría hacer nada, todo estaba perdido, ya no había esperanza ni deseo de buscarla, quería apresurar el final y caer en el olvido como una piedra en un pozo; perderse en la noche, en lo oscuro, olvidar todo, hasta su propio nombre y el sonido de su voz... y los pasos cada vez más cerca, una sombra se proyectaba adelante y él ya no sabía cuál de las dos sombras era la suya; los pasos estaban ahora junto a él y aquella respiración jadeante...
Jana había llegado hasta una puerta al fondo del jardín y por allí entró. Cuando Gabriel logró llegar, las dos sombras se habían juntado. Un golpe de aire dulzón y nauseabundo le azotó la cara; el estómago se le contrajo, trató de salir al jardín nuevamente y respirar. Ya habían cerrado la puerta... estaba oscuro y sólo una débil claridad de luna se filtraba a través de las celosías; distinguió a Jana hacia el centro del salón, desde allí lo miraba desafiante, en medio de dos féretros de hierro... aquel aire pesado, dulce, fétido le penetraba hasta la misma sangre, un sudor frío le corría por todo el cuerpo, quiso buscar un apoyo y tropezó con algo, cayendo al suelo; algo muy pesado, grande, cayó entonces sobre él; rodaron por el suelo a oscuras, entre golpes, gritos, carcajadas, olor a cadáver, a éter y formol, entre golpes sordos, brutales, de bestia enloquecida, resoplando, cada vez más... Y los ojos claros de Jana eran como los ojos de una fiera brillando en la noche, maligna y sombría... Sobre Gabriel caía una lluvia de golpes mezclados con terribles carcajadas...
-Sheeesss, no tanto ruido, que puedes despertarlos —decía Jana.
Sin más, y para no sentir que rompo una promesa hecha a mí mismo, les dejo este texto de Dávila titulado: La quita de las celosías. Espero les guste... y que no le moleste al señor Hiram que haga esta clase de cosas en su blog.
La quinta de las celosías - Amparo Dávila
Había anochecido y Gabriel Valle estaba listo para salir. Solía ponerse la primera corbata que encontraba sin preocuparse de que armonizara con el traje; pero esa tarde se había esforzado por estar bien vestido. Se miró al espejo para hacerse el nudo de la corbata, se vio flaco, algo encorvado, descolorido, con gruesos lentes de miope, pero tenía puesto un traje limpio y planchado y quedó satisfecho con su aspecto. Antes de salir leyó una vez más la esquela y se la guardó en el bolsillo del saco. En la escalera se encontró con varios compañeros. Todos comentaron su elegancia; recibió las bromas sin molestarse y se detuvo en la puerta para preguntar a la portera cómo iba su reúma.
—Está usted muy contento, joven — dijo la vieja, que estaba acostumbrada a que pasaran frente a ella y ni siquiera la vieran. En la mañana, cuando le llevó la carta, lo encontró tumbado sobre la cama, sin hablar, fumando y viendo el techo. Ella la había dejado sobre el buró y se había salido. Así eran esos muchachos, de un humor muy cambiante.
Gabriel Valle caminaba por las calles con pasos largos y seguros, se sentía ligero y contento. Quedaban aún restos de nubes coloreadas en el cielo. No había mucha gente. Los domingos las calles se encuentran casi solas. A él le había gustado siempre caminar por la ciudad al atardecer, o a la medianoche; caminaba hasta cansarse, después se metía en algún bar y se emborrachaba suavemente; entonces recordaba a Eliot... "vayamos pues, tú y yo, cuando la tarde se haya tendido contra el cielo como un paciente eterizado sobre una mesa; vayamos a través de ciertas calles semidesiertas... (a veces nadie lo oía, pero a él no le importaba) la niebla amarilla que frota su hocico sobre las vidrieras lamió los rincones del atardecer... (otras veces venían los músicos negros y se sentaban a escucharlo, sin lograr entender nada, o improvisaban alguna música de fondo para acompañarlo) ¡y la tarde, la noche, duerme tan apacible! alisada por largos dedos, dormida, fatigada... (el cantinero le obsequiaba copas) ¡no! no soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo; soy un señor cortesano, uno que servirá para llenar una pausa, iniciar una escena o dos... ("¿Quién es ese tipo que recita tantos versos?" preguntaban a veces los parroquianos), "nos hemos quedado en las cámaras del mar al lado de muchachas marinas coronadas de algas marinas rojas y cafés hasta que nos despiertan voces humanas y nos ahogamos..." entonces se iba con la luz del día muy blanca y muy hiriente a ahogarse en el sueño.
Unas chicas que andaban en bicicleta por poco lo atropellaron, pero aquel incidente no le provocó el menor disgusto. Era tan feliz que no podía enojarse por la torpeza de unas muchachas. Se sentía generoso, comprensivo, comunicativo también. Le hubiera gustado saludar cortésmente a todos los que encontraba a su paso, aun sin conocerlos: "¡Buenas tardes, o buenas noches, señora!", "¡Adiós, señor, que la pase bien!" "Permítame que le ayude a llevar la canasta", hubiera querido decirle a una pobre vieja que llevaba un canastón de pan sobre la cabeza. Llegó a la esquina donde tenía que esperar el tranvía, empezaron a caer gotas de lluvia. Se levantó el cuello del saco y se refugió bajo el toldo de una tienda de abarrotes... ¡Qué mal se había sentido aquella vez que acompañó a Jana hasta su casa, después de insistirle mucho que se lo permitiera; ella siempre se negaba, aquella vez accedió con desgano. Lloviznaba cuando llegaron a la quinta, pensó que lo invitaría a entrar mientras la lluvia pasaba, "será mejor que te vayas rápido, para que no te mojes" había dicho Jana mientras abría la reja y se alejaba hacia la casa sin volverse. Pensó tantas cosas en aquel momento. Nunca se había sentido tan humillado. Se quedó un rato contemplando la quinta, después se alejó caminando lentamente bajo la lluvia. Por el camino se tranquilizó y llegó a la conclusión de que todo había sido una mala interpretación de su parte. Jana no era capaz de ofender a nadie, mucho menos a él; tal vez le había parecido inconveniente invitarlo a pasar a esa hora, por vivir sola... El tranvía llegó y Gabriel Valle lo abordó de varias zancadas para no mojarse. Se acomodó al lado de una muchacha muy pálida y muy flaca, que apretaba nerviosamente entre las manos unos guantes sucios ("esta mujer está muy angustiada") y sintió entonces un gran deseo de poder trasmitir a los demás siquiera un poco de aquella felicidad que ahora tenía. La muchacha flaca revolvía dentro del bolso buscando algo. . .
—Parece que ya no llueve —dijo él para iniciar una conversación.
—Pero lloverá más tarde —repuso ella en tono amargo—; no es ya suficiente que sea domingo, sino que llueva... Lo miró entonces con una mirada fría, totalmente deshabitada; él sintió que se había asomado al vacío.
— ¿Le entristecen los domingos?
— Los domingos y todos los días, pero... —se puso a mirar por la ventanilla mientras sus manos seguían estrujando los viejos guantes. De pronto continuó:
—Los domingos son tan largos, uno tiene tantas cosas que hacer y sin embargo no se quiere hacer nada, da una pereza horrible tener que lavar y planchar la ropa para la semana... después se acaba el domingo y uno se acuesta sin poder recordar nada, sino que pasó un domingo más, igual que todos los otros...
¡Pobre muchacha! Lo que le pasaba era que debía sentirse muy sola, no había de tener quien la quisiera, y era bien fea; sería difícil que encontrara marido o novio así de flaca y desgarbada; el pelo seco y mal acomodado, los ojos inexpresivos, los labios contraídos, la pintura corrida, y tan mal vestida, tan amarga... Recordó entonces a Jana y la satisfacción asomó a su rostro.
—. y la lluvia —seguía diciendo la muchacha flaca— siempre la lluvia a toda hora, todos los días... ¿o es que a usted le gusta la lluvia?
—Muchas veces me molesta, claro está, sobre todo cuando hay que salir, pero es tan agradable oírla de noche, cuando ya no hay más ruido que el de ella misma, cayendo lenta, continuadamente, fuera y dentro del sueño...
La muchacha lo interrumpió: —"Me quedo en la próxima parada, que le vaya bien"— y ella se fue toda flaca y toda amarga hasta la puerta de salida. Se corrió entonces al asiento de la ventanilla. Le gustaría hacer un largo viaje, en tren, con Jana; ver pasar distintos paisajes, no tener que preocuparse por nada, conocer juntos muchas cosas, ciudades, gentes, tener dinero para gastar, y gastarlo sin pensar; sería bueno poder hacer el equipaje y partir, ahora mismo, mañana... Subió una pareja de jóvenes, la muchacha se sentó al lado de Gabriel y él se quedó de pie junto a ella; se veían muy contentos, platicaban en voz baja, cogidos de la mano, reían... Los miraba con gusto ("también son felices") ; le hubiera gustado tener esa confianza con Jana, esa sencilla intimidad, pero era tan tímida, tan delicada, no se atrevía ni siquiera a tomarle una mano por temor a molestarla, ¡cuánto trabajo le había costado comenzar a salir con ella!
—Siempre me ha parecido una muchacha hosca, huraña y hasta agresiva; tal vez se siente muy superior a todos nosotros —le dijo un día Miguel.
—Estás muy equivocado, lo que sucede es que Jana es muy tímida, pero yo la entiendo bien, además ha sufrido mucho, la forma como murieron sus padres fue terrible...
—No discuto eso, claro que fue una verdadera tragedia, pero...
—El dolor hace que las gentes se encierren en sí mismas y se muestren aparentemente hoscas; pero es sólo un mecanismo de defensa, una barrera inconsciente para protegerse de cualquier cosa que les pueda hacer daño nuevamente...
—Puede ser... pero también puede ser cosa propia de su temperamento alemán —dijo Miguel. No cabía duda de que a Miguel no le simpatizaba Jana, y no era de extrañar. Miguel tenía cierta torpeza interior que no le permitía penetrar en los demás, él entendería de fútbol, de rock and roll, de tonterías, ¡qué superficial era!
—Y siempre huele a formol y a balsoformo...
Gabriel se había ido sin contestarle, ¡qué estúpido podía ser cuando se lo proponía! Si bien era cierto que al principio a él también le resultaba muy desagradable aquel olor que despedía Jana, parecía que estaba impregnada totalmente de él, y así tenía que ser, pues manejaba todos los días aquellas sustancias. Pronto se había acostumbrado y no le molestaba más. Cuando se casaran no le permitiría que siguiera en el anfiteatro ¡y vaya que le iba a costar mucho disuadirla! Porque tomaba demasiado en serio aquel trabajo; le parecía sumamente interesante y estaba convencida de que llegaría a ser una magnífica embalsamadora; había estudiado los procedimientos de que se valían los egipcios para conservar sus muertos; conocía muchos métodos diversos y tenía fórmulas propias que estaba perfeccionando y que pensaba poner en práctica muy pronto; además estaba escribiendo un libro..., esto le había dicho aquella tarde en que él se había arriesgado a tocar el tema. ¡Sí que iba a resultar difícil! El Dr. Hoffman también protestaría; él la había llevado a trabajar al hospital y era su colaboradora. ¡Y qué mal genio tenía el viejo! Cuando algo le salía mal se restregaba las manos, escupía, se rascaba el mentón, mascaba algo imaginario... ¡pero qué extraordinario cirujano era! Aquella trepanación parietal que... Gabriel se dio cuenta que ya era su parada y apresuradamente se levantó.
Había dejado de llover; olía a tierra húmeda y a hierba mojada. Estaba fresco pero no hacía frío. Resultaba agradable caminar por aquella larga avenida de cipreses que conducía a la quinta. Miró el reloj, faltaban veinte minutos para las ocho. Llegaría a tiempo. La esquela decía que lo esperaba a las ocho.
Se debia de vivir muy tranquilo por allí; sin ningún ruido, con tanto aire puro, pero estaba muy retirado y muy solo. No le gustaba que Jana hiciera ese recorrido por las noches. Resultaba peligroso para cualquiera; había pocas casas y poca gente; si uno gritaba ni quién lo oyera. En los periódicos siempre aparecían noticias de asaltos y de... No le haría ningún reproche a Jana por aquel silencio, ¡pobrecita! también ella debía haber sufrido. Más de un mes había pasado sin tener noticias. Le parecía inexplicable aquella actitud de Jana. Recordó aquellas noches que fue hasta la quinta tratando inútilmente de verla, o aquellas largas esperas en la puerta del anfiteatro... Sus dedos palparon el sobre y sintió un gran alivio; con esto había terminado la angustia. Lo mejor sería casarse pronto; una ceremonia sencilla, sin invitados; les avisaría a sus padres cuando ya estuvieran casados, así no podrían oponerse; los conocía bien, su madre era capaz de enfermar, de ponerse grave, tal vez hasta de morirse. ¿Pensaría Jana que vivieran en la quinta? No sabría qué decidir. No se atrevería a llevarla a la pensión: un cuarto solamente, una cama estrecha y dura, el baño compartido con veinte estudiantes, y la comida tan mala, que se quedaría siempre sin comer. Tendría que hacer a un lado su orgullo y venirse a la quinta. Por lo menos podría estudiar tranquilo, sin ruido de tranvías, sin gente molesta, solo él con Jana...
Cuando llegó, la quinta se hallaba como de costumbre a oscuras; las celosías no permitían que la luz del interior se filtrara. La reja estaba sin candado, Gabriel llegó a través del jardín hasta la puerta de la casa y tocó el timbre. Oyó el sonido de una campanilla, volvió a tocar. Por fin abrieron. Allí estaba Jana, con un vestido de seda gris, casi blanco, pegado al cuerpo; el pelo rubio suelto cayendo suavemente sobre los hombros. Lo saludó como si lo hubiera visto el día anterior. Muy desconcertado la siguió a través de un oscuro pasillo hasta el salón profusamente iluminado. Era una sala con muebles imperio, con muchos cuadros, la mayoría retratos, tibores, lámparas, gobelinos, bibelots, un piano alemán de media cola, estatuillas de mármol, una gran araña colgando en el centro del salón...
—Éstos son los retratos de mis padres —dijo de pronto Jana mostrándole dos retratos colocados sobre la chimenea.
—Muy bien parecidos —repuso cortésmente Gabriel.
—Sí, eran realmente hermosos... los retratos por otra parte son bastante buenos. Los hizo un pintor austríaco desterrado, a quien mi padre protegía. Me encanta el color y la pureza del tratamiento: observa la frescura de la tez, la humedad de los labios, parece como si estuvieran...
El sonido de unos pasos en el corredor interrumpió a Jana, se volvió y miró hacia la entrada; también Gabriel pensó que alguien iba a aparecer.
Mira qué bello piano —dijo Jana, a tiempo que lo abría y acariciaba las teclas— mamá tocaba maravillosamente.
—¿Tú también tocas? —preguntó Gabriel interrumpiéndola.
—Me gustaba oírla tocar —continuó ella como si no hubiera oído la pregunta de Gabriel—; por las noches interpretaba a Mozart, a Brahms, mi padre leía los periódicos, yo la escuchaba embelesada... sus manos eran finas, los dedos largos, ágiles, tocaba dulcemente, casi con sordina, nos decía tantas cosas cuando tocaba... Otra vez los pasos llegaron hasta la puerta, Gabriel se quedó esperando... nadie entró. Jana subió una ceja como solía hacerlo cuando algo le desagradaba y cerró el piano bruscamente. Le ofreció un cigarrillo a Gabriel y lo invitó a sentarse. Ella se acomodó en una butaca grande, tapizada con terciopelo verde oscuro, distinta de los demás muebles. Gabriel se encontraba muy incómodo en aquella elegante sala tan llena de cosas valiosas, tan cargada de recuerdos. Quería hablar con Jana, había estudiado el diálogo palabra por palabra y ahora no sabía cómo empezar. Se encontraba torpe, molesto, y comenzaba a sentirse nervioso. Le hubiera gustado que estuvieran en algún café, o en el parque, en cualquier sitio menos allí... Se acomodó en una silla cerca de ella.
—Pasaron tantos días sin saber de ti —dijo tratando de iniciar su conversación.
—Aquí se sentaba siempre papá, a veces se quedaba dormido, ¡me enternecía tanto!, vivía cansado, trabajaba mucho, para que nada nos faltara a mamá y a mí, decía siempre cuando le reprochábamos, ¡pobre papa!... a veces jugaba ajedrez con el Dr. Hoffman, los domingos en la tarde; mamá servía el té y las pastas, después cogía su bordado, siempre bordaba flores y mariposas, flores de durazno y violetas; de cuando en cuando dejaba la costura y observaba a papá jugando con el Dr. Hoffman, lo miraba con gran ternura como si hubiera sido un niño, su niño. Papá sentía aquella mirada, buscaba sus ojos y sonreían; "esos novios", solía decir el viejo Hoffman... Alguien había llegado hasta la puerta y Gabriel podía escuchar una respiración acelerada; Jana calló bruscamente y su cara se endureció. Nunca había visto Gabriel aquella expresión tan dura, tan fría, tan distinta de la que él amaba, de la que él guardaba dentro de sí... Seguía escuchando la respiración cerca de la puerta, tan fuerte, tan agitada como la de una fiera en celo... se sentía mal, cada vez más, disgustado con todo y con él mismo, aquella atmósfera le resultaba asfixiante, aquellos pasos, aquella respiración, aquella mujer tan lejana, tan desconocida para él. Había hecho tantos proyectos, había planeado lo que iba a decirle, lo que ella contestaría, todo, y ahora lo había olvidado todo, no sabía ya qué decir ni de qué hablar. Recorría con la vista los cuadros, los retratos, las estatuillas, el gobelino lleno de figuras que danzaban en el campo sobre la hierba, la gran araña que iluminaba el salón, todo parecía rígido allí y con ojos, miles de ojos que observaban, que lo cercaban poco a poco, y la respiración, detrás de la puerta, aquella respiración que empezaba a crisparle los nervios.
—¡Basta ya, Walter!— gritó de pronto Jana —¡basta, te digo!
Gabriel se levantó y fue a sentarse junto a ella, tomó su mano, estaba fría y húmeda...
Jana, querida, salgamos de aquí; vamos a caminar un poco, a platicar, vamos a... Ella retiró la mano y lo miró fijamente. Entonces él vio de cerca sus ojos, por primera vez esa noche, estaban increíblemente brillantes, las pupilas dilatadas, inmensas y lagrimeantes... sintió que un escalofrío le corría por la espalda mientras la sangre le golpeaba las sienes... Jana se levantó y fue a tocar un timbre, nadie apareció, volvió a tocar, no hubo respuesta.
—Quiero el té, bien caliente —gritó Jana. Gabriel quería salir de allí, respirar aire puro, no ver más los retratos, ni el piano, salir de aquella sala agobiante, de aquel mundo de objetos, de tantos recuerdos, de aquella noche desquiciante, de aquel aturdimiento. El gran candil con sus cien luces calentaba demasiado. Necesitaba aire y el aire no alcanzaba a penetrar a través de las celosías, la puerta de cristales que comunicaba con el jardín se encontraba cerrada... El reloj de la chimenea dio la media, la noche se había eternizado para Gabriel y el tiempo era una línea infinitamente alargada. Jana regresó a sentarse en la misma butaca y encendió un cigarrillo.
—¿Qué ha sucedido, Jana? Dímelo. —Así era yo entonces —dijo ella señalando el retrato de una jovencita.
No está conmigo, pensó dolorosamente Gabriel.
—El día que me hicieron el retrato, cumplía dieciséis años; mamá me había hecho el vestido, era de organza azul; "es del mismo color que los ojos", dijo papá; por la tarde fuimos a tomar helados y después al teatro, mamá comentó que la obra era un poco atrevida para una niña; "ya es una joven", agregó papá con una sonrisa, "está bien que vaya sabiendo algunas cosas"; el doctor Hoffman me regaló el collar que tengo en el retrato, ¿no es lindo.. . ?, era de cristal de roca color turquesa, el color azul siempre ha sido mi predilecto, ¿a ti te gusta?
—Es el color de tus ojos, pero... ¿por qué no hablamos de nosotros?
Se escuchó el ruido de una mesa de té que alguien arrastraba; Jana se levantó precipitadamente y salió de la sala; regresó con la mesa. Gabriel recordó en ese momento la primera vez que la vio en el hospital, conduciendo aquella camilla. . .
—Le mandé decir que no había terminado de prepararlo —le dijo Jana al doctor Hoffman.
—Está bien, Jana, no estorbe ahora. Ella se hizo a un lado sin decir más y se sentó en una banca; desde allí observaba con gran atención las manos del doctor Hoffman trabajando hábilmente en aquel cuerpo muerto...
Jana servía el té. —¿Con crema o solo?
—Prefiero solo. Cuando le dio la taza Gabriel volvió a mirar de cerca aquellas pupilas enormemente dilatadas y lagrimosas y sintió algo extraño casi parecido al miedo; "ojos que no me atrevo a mirar de frente cuando sueño", estos ojos no podría él guardarlos para su soledad, para aquellas noches en que vagaba por la ciudad y no tenía más refugio que meterse en algún bar y beber, beber, hasta que la luz del día lo obligaba a hundirse en las sábanas percudidas de su cama de estudiante.
—¿Está bien de azúcar?
—Sí, gracias —contestó él. Qué importancia podía tener ahora el azúcar, las palabras, si todo estaba roto, perdido en el vacío, en el sueño tal vez, o en el fondo del mar, en el capricho de ella, o en su propia terquedad que lo había hecho creer, concebir lo imposible, aquellos meses... todo falso, fingido, planeado, actuado tal vez. Sintió de pronto un enorme disgusto de sí mismo y el dolor de haber sido tan torpe, tan ciego, tan iluso; dolor de su pobre amor tan niño. La miró con rencor, casi con furia, con furia, sí, desatada, de pronto desenfrenada y terrible. Ella sonreía con aquella sonrisa que bien conocía, aquella sonrisa inocente que tanto lo había conmovido y...
—¿No está muy caliente el té? —preguntó Jana. No le contestó, la seguía mirando sonreír, las pupilas dilatadas, los dientes blancos, agudos; detrás de ella los retratos también lo miraban sonrientes... Los pasos llegaron nuevamente hasta la puerta...
—Te dije que no molestaras, que no molestaras. Gabriel advirtió que su frente y sus manos estaban empapadas en sudor, y comenzó a sentir el cuerpo pesado y un extraño hormigueo que poco a poco lo iba invadiendo; estaba completamente mareado y temía, de un momento a otro, caer de pronto en un pozo hondo; se aflojó la corbata, se enjugó el sudor; necesitaba aire, respirar; caminó hasta una ventana, había olvidado las celosías (aquí todo es recuerdo, hasta el aire); se tumbó de nuevo en la silla, pesadamente. Encendió un cigarrillo y miró a Jana como se mira una cosa que no dice nada.
—Tú querías conocer mi casa, mi vida... estás aquí...
El rostro sonriente de Jana se iba y regresaba, se borraba, aparecía, los dientes blancos que descubrían los labios al sonreír, las pupilas dilatadas, se perdía, regresaba otra vez, ahora riendo, riendo cada vez más fuerte, sin parar; él se pasó la mano por los ojos, se restregó los ojos, todo le daba vueltas, aquel extraño gusto en el té, todo giraba en torno de él, los retratos, el gobelino, las estatuillas, los bibelots; Jana se iba y volvía, riéndose; la araña con sus mil luces lo cegaba, el piano negro, los pasos en el pasillo, las ventanas con celosías blancas, la respiración, el rostro de Jana blanco, muy blanco, entre una niebla perdiéndose, regresando, acercándose, los dientes, la risa, los pasos nuevamente, la respiración detrás de la puerta, las figuras danzando sobre la hierba en el gobelino, saliéndose de allí, bailando sobre el piano, en la chimenea, aquel sabor, aquel gusto tan raro del té... Jana decía algo, la vio levantarse y abrir la puerta de cristales que daba al jardín y salir.
Gabriel se incorporó dando traspiés; cuando alcanzó la puerta y respiró el aire fresco de la noche, sintió que se recobraba un poco, lo suficiente para caminar. Jana caminaba por un sendero hacia el fondo del jardín, él la seguía torpemente, tambaleándose; cada vez sentía que era el último paso, su último paso en aquella húmeda noche de otoño; todo fallaba en él, su cuerpo no le obedecía, sólo su voluntad lo llevaba, era ella la que arrastraba al cuerpo; oyó los pasos que venían detrás de él, duros, sordos, pesados no intentó ni siquiera darse la vuelta, era inútil ya, no podría hacer nada, todo estaba perdido, ya no había esperanza ni deseo de buscarla, quería apresurar el final y caer en el olvido como una piedra en un pozo; perderse en la noche, en lo oscuro, olvidar todo, hasta su propio nombre y el sonido de su voz... y los pasos cada vez más cerca, una sombra se proyectaba adelante y él ya no sabía cuál de las dos sombras era la suya; los pasos estaban ahora junto a él y aquella respiración jadeante...
Jana había llegado hasta una puerta al fondo del jardín y por allí entró. Cuando Gabriel logró llegar, las dos sombras se habían juntado. Un golpe de aire dulzón y nauseabundo le azotó la cara; el estómago se le contrajo, trató de salir al jardín nuevamente y respirar. Ya habían cerrado la puerta... estaba oscuro y sólo una débil claridad de luna se filtraba a través de las celosías; distinguió a Jana hacia el centro del salón, desde allí lo miraba desafiante, en medio de dos féretros de hierro... aquel aire pesado, dulce, fétido le penetraba hasta la misma sangre, un sudor frío le corría por todo el cuerpo, quiso buscar un apoyo y tropezó con algo, cayendo al suelo; algo muy pesado, grande, cayó entonces sobre él; rodaron por el suelo a oscuras, entre golpes, gritos, carcajadas, olor a cadáver, a éter y formol, entre golpes sordos, brutales, de bestia enloquecida, resoplando, cada vez más... Y los ojos claros de Jana eran como los ojos de una fiera brillando en la noche, maligna y sombría... Sobre Gabriel caía una lluvia de golpes mezclados con terribles carcajadas...
-Sheeesss, no tanto ruido, que puedes despertarlos —decía Jana.
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lunes, 10 de octubre de 2011
Delicioso viento
Chema Guevara
Dime quien eres,
aprenderás a creer,
pues una vez dijiste que me quieres,
pero ninguna si te puedo perder.
Ven conmigo y dime,
aprenderás a amar,
sígueme,
conseguirás en mí pensar.
Destápate,
anúnciame tus deseos,
sal y dime sin esperarte,
entra en mí y se parte de mis pensamientos.
Entra, podrás recordar,
quédate aquí,
te podré escuchar,
vamos, yo sabré de ti.
Entra por mis ojos,
te veré y pensaré,
fácilmente pues están huecos,
me falta lo que tienes, te necesitaré.
Entra por mi boca,
en una caricia,
en un beso que la pasión provoca,
en una brisa que se desliza.
Mide el viento,
sal de lo incógnito,
ven conmigo, te enseñare a penetrar el aliento,
vuela hasta mí y sabrás lo que siento.
Aquí estoy dentro también,
salté y te encontré,
olvidé y sentí a alguien,
aprecié y te probé.
Es hora,
sal de ahí,
sabes medir el viento ahora,
te enseñare a volar como lo hago así.
Primero suelta las alas,
abre el corazón,
ahora agita el sentimiento, has que sueñas,
y por ultimo toma de mí esa sensación.
Aquí es delicioso el simple viento,
es saborear la intriga de tus ojos,
tal vez quebrantar el sello de tus labios,
y recordar el perfume sagrado del cielo.
Promesa
Hiram Sánchez
Una lágrima derramada,
un adiós en el aire.
Un beso fingido,
una noche que quedará en el
recuerdo.
Una noche inolvidable.
Una promesa de volver.
Un amor que perdurará solo en el...
Una lágrima derramada,
un adiós en el aire.
Un beso fingido,
una noche que quedará en el
recuerdo.
Una noche inolvidable.
Una promesa de volver.
Un amor que perdurará solo en el...
miércoles, 5 de octubre de 2011
Extraño
Hiram Sánchez
7:27 pm
Que extraño es sentirse raro en lugar no tan extraño.
Que extraño es disimular que todo esta bien y teniéndote
tan cerca de mi.
Que extraño es escribir estas palabras, sin saber
si realmente te llegan mis versos.
Que extraño es recordar esas oportunidades que se han desvanecido.
Que extraño es no aterrizar en estos pensamientos y no poder romper
el sello de tus labios.
Que extraño es mirarte y callar mis palabras por miedo de arruinarlo todo.
Que extraño es mirar tus fotografías, ilusionarme, y pensar en donde estarás.
Que extraño es fingir que todo esta bien, que no me importa, que no te amo.
Que extraño es amarte como te estoy amando.
Que extraño es extrañarte si ni siquiera te he tenido...
7:51pm
7:27 pm
Que extraño es sentirse raro en lugar no tan extraño.
Que extraño es disimular que todo esta bien y teniéndote
tan cerca de mi.
Que extraño es escribir estas palabras, sin saber
si realmente te llegan mis versos.
Que extraño es recordar esas oportunidades que se han desvanecido.
Que extraño es no aterrizar en estos pensamientos y no poder romper
el sello de tus labios.
Que extraño es mirarte y callar mis palabras por miedo de arruinarlo todo.
Que extraño es mirar tus fotografías, ilusionarme, y pensar en donde estarás.
Que extraño es fingir que todo esta bien, que no me importa, que no te amo.
Que extraño es amarte como te estoy amando.
Que extraño es extrañarte si ni siquiera te he tenido...
7:51pm
martes, 20 de septiembre de 2011
Ciclos
Hiram Sánchez.
Seis de la mañana,
te busqué en medio de esta inmensa soledad de mi habitación.
Te busqué entre la oscuridad, queriendo ver tu sombra.
Te busqué queriendo verte dormir...
Ocho de la mañana.
Te busqué deseando verte entre tanta gente.
Te busqué porque quiero admirar tu belleza,
perderme y enredarme en tu mirada.
Te busqué simulando mi ansiedad...
Medio día.
Te busqué en mis escritos, mientras plasmaba mi ideas perdidas.
Te busqué porque quiero ganarme tu corazón con mi poesía.
Te busqué porque tu perfume me esta llevando hacia ti...
Dos de la tarde,
Te busqué entre la multitud de aquel lugar,
tratando de distinguir tu voz.
Te busqué guiándome por el ruido de tus pasos.
Te busqué por el mismo lugar que suelo buscarte...
Nueve de la noche.
Te busqué pero yo no estas ahí.
Te busqué mientras mi mirada se perdía viéndote partir.
Te busqué procurando equivocarme,
para olvidarme que te busco...
Seis de la mañana,
te busqué en medio de esta inmensa soledad de mi habitación.
Te busqué entre la oscuridad, queriendo ver tu sombra.
Te busqué queriendo verte dormir...
Ocho de la mañana.
Te busqué deseando verte entre tanta gente.
Te busqué porque quiero admirar tu belleza,
perderme y enredarme en tu mirada.
Te busqué simulando mi ansiedad...
Medio día.
Te busqué en mis escritos, mientras plasmaba mi ideas perdidas.
Te busqué porque quiero ganarme tu corazón con mi poesía.
Te busqué porque tu perfume me esta llevando hacia ti...
Dos de la tarde,
Te busqué entre la multitud de aquel lugar,
tratando de distinguir tu voz.
Te busqué guiándome por el ruido de tus pasos.
Te busqué por el mismo lugar que suelo buscarte...
Nueve de la noche.
Te busqué pero yo no estas ahí.
Te busqué mientras mi mirada se perdía viéndote partir.
Te busqué procurando equivocarme,
para olvidarme que te busco...
Hoy será
Hiram Sánchez
Hoy te busco pensando que te encontraré en algún lugar.
Hoy como siempre me levanto pensando en ti,
pensando que hoy sera el día que tanto he esperado,
solo este día...
Hoy te busco pensando que te encontraré en algún lugar,
y eso es lo que me hace pasar por aquel lugar
que se que te puedo encontrar...
Hoy te busco pensando que te encontraré en algún lugar.
Hoy como siempre me levanto pensando en ti,
pensando que hoy sera el día que tanto he esperado,
solo este día...
Hoy te busco pensando que te encontraré en algún lugar,
y eso es lo que me hace pasar por aquel lugar
que se que te puedo encontrar...
viernes, 2 de septiembre de 2011
"G"
Hiram Sánchez
Un cuarto ordenado que trastoca con el ritmo de tu vida,
los recuerdos que quisieras olvidar se aferran a la pared,
una cama nunca antes compartida,
el silencio nos desnuda,
mientras tu mendigo gato me observa con recelo,
y yo, intentando ignorarlo devoro a mi presa,
ese segundero que se mueve al ritmo de nuestro deseo.
los recuerdos que quisieras olvidar se aferran a la pared,
una cama nunca antes compartida,
el silencio nos desnuda,
mientras tu mendigo gato me observa con recelo,
y yo, intentando ignorarlo devoro a mi presa,
ese segundero que se mueve al ritmo de nuestro deseo.
El deseo adquiere forma,
escucho tu corazón cuando mi oreja reposa sobre tu pecho,
tus orejas sonrojadas que intento apagar con mis besos,
tus pezones erectos que iluminan en mi placer,
esos pechos tan perfectos que contradicen su vida,
el sonido del máximo placer, ese “punto G” que no es comprado,
que no es fingido por lo menos en esta noche...
escucho tu corazón cuando mi oreja reposa sobre tu pecho,
tus orejas sonrojadas que intento apagar con mis besos,
tus pezones erectos que iluminan en mi placer,
esos pechos tan perfectos que contradicen su vida,
el sonido del máximo placer, ese “punto G” que no es comprado,
que no es fingido por lo menos en esta noche...
miércoles, 31 de agosto de 2011
Bienvenida
Tres años este blog, quedo arrumbado entre esté inmenso mundo de la Internet, perdido entre las muchas horas que lo olvidé.
Tal vez la melancolía que el 2012 se aproxima, me hizo retomar todos esos proyectos que por una u otra razón dejé.
Dos años después de la ultima publicación me decido salir al rescate, este blog queda nuevamente inaugurado.
Nueva imagen, mismo amor; la poesía.
La invitación queda abierta para toda persona y/o caminante que quiera aprovechar este espacio para expresarse.
Se despide de ustedes el "Caminante, Hiram Sánchez".
Saludos
Tan Pequeña
Hiram Sánchez
Sentado, esperándote,
esperando ver aquella silueta
esperando ver aquella silueta
infiltrarse entre la gente.
Viéndote acercar,
con esa pequeña cortina,
esa pequeña cortina que para
serte sincero no me gusta.
Esa pequeña cortina que
rompe el prototipo de esa mujer
que tanto trabajo me costo
encontrar, pero para ser sincero
nunca había sido tan feliz.
Y me pregunto;
¿Qué he hecho yo para merecerte?
¿Acaso soy digno de tenerte junto a mí?
Sentado, esperándote,
viendo esa delgada y delicada
silueta acercarse a mí, tan esplendorosa,
tan hermosa.
Viéndote acercar
con esa pequeña cortina que tumba
todo aquel que pasa junto a ti.
Esa pequeña cortina
que se mueve al ritmo de mi corazón.
Esa pequeña cortina
que esconde ese gran secreto.
Sentado, esperándote,
viéndote acercar tan hermosa
y radiante, con esa mirada que mata,
con esa sonrisa que conquista,
con esos labios con los que me derrito.
Sentado, viéndote llegar,
contando tus pasos y
saboreando los besos que me darás.
Sentado, imaginándome mucho
con lo mucho que dejas ver con esa
pequeña cortina, viendo cómo te ven
siento rabia, siento celos.
Sentado, rezando para que llegues
por fin a mí, para poderte abrazar,
para poderte susurrar al odio,
para poder sentir tu calor junto a mi,
para poderte entregar los besos que
durante todo este día he guardado
solo para ti.
Sentado, viéndote llegar
con esa pequeña cortina, esa
llegada tan esperada que se sella
con esos besos chiclosos que siempre
me das.
Viéndote llegar
con esa pequeña cortina que esconde
ese gran secreto, ese gran secreto que yo...
he descubierto.
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